Acompañar a otra persona es estar realmente presente. Estar disponible para todo lo que pueda aparecer en el encuentro y poder sostenerlo sin juzgarlo, intentando también reconocer mis propios juicios.
Acompañar a alguien implica un trabajo constante sobre mí misma: observar lo que se mueve en mí, reconocer mis propias historias y mantenerme consciente para poder encontrar al otro más allá de mis propias ideas sobre quién debería ser.
Desde ahí, puedo escuchar, sentir y acompañar de verdad. Crear un espacio donde la persona pueda acercarse a su propio mundo interno y comenzar a ver aquello que quizás todavía no conseguía ver de sí misma.