Estar con lo que aparece. Darle un lugar. Y ver qué puede mostrarnos.
No se trata de dejar de sentir, sino de poder escuchar lo que aquello que sentimos viene a mostrarnos. Darle espacio, comprenderlo y descubrir qué necesita de nosotros.
Dar espacio a lo que sentimos, reconocer nuestras necesidades y poder nombrar aquello que está pasando.
Acercarnos a nuestra historia, nuestros patrones y las formas en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Reconocer aquello que nos pertenece y descubrir qué podemos hacer diferente desde ahí.
Hay cosas que aprendemos a esconder, negar o juzgar en nosotros mismos. En terapia, podemos acercarnos a ellas con curiosidad y consciencia, para comprender de dónde vienen y qué lugar ocupan en nuestra vida.
Mirar hacia nosotros no significa asumir la culpa por todo lo que nos pasa. Significa reconocer aquello que sí podemos mirar, comprender y transformar en nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
Acompañar a otra persona es estar realmente presente. Estar disponible para todo lo que pueda aparecer en el encuentro y poder sostenerlo sin juzgarlo, intentando también reconocer mis propios juicios.
Acompañar a alguien implica un trabajo constante sobre mí misma: observar lo que se mueve en mí, reconocer mis propias historias y mantenerme consciente para poder encontrar al otro más allá de mis propias ideas sobre quién debería ser.
Desde ahí, puedo escuchar, sentir y acompañar de verdad. Crear un espacio donde la persona pueda acercarse a su propio mundo interno y comenzar a ver aquello que quizás todavía no conseguía ver de sí misma.
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